“No acaba uno nunca con Bach”
- Escrito por Victor Pais
- Tamaño disminuir el tamaño de la fuente aumentar tamaño de la fuente
Hoy se cumplen 270 años de la muerte en Leipzig de Johann Sebastian Bach. Pocos de los coetáneos del “músico poeta”, como lo llamó Albert Schweitzer, uno de sus más célebres biógrafos, y menos las jóvenes generaciones, se formaban una idea cercana de la magnitud de la obra de aquel hombre en el momento en que su corazón se apagaba. Tuvieron que pasar decenas de años, casi una centuria, para que el inconmensurable y revolucionario aporte que con sus creaciones hizo al arte de combinar los sonidos comenzase a ser descubierto. Ellas –corales, cantatas, pasiones, oratorios y todo un enorme y variado universo de música instrumental– se lanzaban a recorrer un largo camino en el que fue reconociéndose paulatinamente su valor a la vez que, en gran medida por la contribución de la corriente historicista, encontraban intérpretes que se aproximaban cada vez más a su verdadera esencia.
El genio de Bach, así como no puede ser explicado solo como una simple consecuencia de su entorno –su pertenencia a una familia de músicos de una casi legendaria tradición en el oficio y una época en que ese oficio se encontraba muy valorado en muchas ciudades de Europa y proliferaban grandes compositores y ejecutantes–, tampoco se puede pensar fuera de él. El pequeño Johann respiraba música desde la cuna.
Huérfano desde muy temprana edad –su madre Maria Elisabetha Lämmberhirt falleció cuando tenía nueve años y apenas diez meses después también su padre Johann Ambrosius–, había nacido en Eisenach, en la región de Turingia, el 21 de marzo de 1685. Fue su hermano Johann Christoph, organista, su primer profesor de música. Un régimen de enseñanza rígido dio lugar a la manifestación primera de la fuerte personalidad que ya anidaba en el niño, cuyo afán por conocer las obras de los más prestigiosos compositores de entonces lo llevó a pasarse numerosas horas nocturnas a la luz de una vela copiando a escondidas las partituras que su hermano consideraba todavía no aptas para él.
Completó su educación formal en la Escuela de San Miguel de Luneburgo y en 1703 consiguió trabajo como titular del órgano de la Neue Kirche, en Arnstadt. Cuatro años son los que permaneció en ese puesto sin lograr una convivencia armónica con las obligaciones pedagógicas que se le habían impuesto. Data de este tiempo su recordada odisea de haber caminado centenares de kilómetros para llegar a Lübeck y conocer y escuchar a Dietrich Buxtehude, el organista más famoso de Alemania de aquellos tiempos. También el nacimiento del amor de la que iba a ser su primera esposa: su prima María Bárbara Bach, con la que se casó en 1707 en Mühlhausen, durante su breve estadía en esa ciudad, y con la cual tuvo siete hijos, dos de los cuales, Friedman y Carl Philiph, fueron destacados músicos, y otros tres murieron sin haber llegado a su primer cumpleaños.
En 1708 abandona Muhlhausen y se instala en Weimar para ponerse al servicio del ducado de esa ciudad donde tuvo la oportunidad de acceder a nuevos y sofisticados órganos que el duque Guillermo Ernesto, conocido como “el déspota ilustrado”, había ordenado fabricar para complacerlo. De ese período, que se prolongó por nueve años, son la mayor parte de sus célebres composiciones para el más majestuoso de los instrumentos de viento, como también la mayor parte de sus cantatas tempranas, aquellas que se caracterizan por su frescura y libertad formal y por estar aún desprovistas de la rigurosa estructura que iba a ser uno de los rasgos de las cantatas de su madurez.
Con el pedido del príncipe Leopoldo de Coethen para que asumiera como maestro de capilla de la corte de esa ciudad, Bach no dudó en que este fuera el nuevo destino de su carrera. Es así que, después de padecer el mes de prisión que le impuso Guillermo Ernesto por no renunciar a esta oferta, se instaló en Coethen en 1717. Es este el período en el que florece como compositor de música instrumental profana en consonancia con lo que Leopoldo, gran melómano y calvinista que concebía la música sacra solo como un canto de feligreses, esperaba de él.
Difícil encontrar en cualquiera de las etapas de Bach obras que no sean memorables. Son tantos los puntos altos que cualquier recorte nos vuelve arbitrarios. Pero nos excusamos por serlo y nos permitimos, para la etapa de Coethen, dos ejemplos: las seis suites para cello, que fueron un antes y un después en la historia de ese instrumento; y las partitas para violín, y de estas últimas en particular, la Chaconne de la Partita Nº 2, una de las piezas más estremecedoras de la producción instrumental de Bach, escrita en medio de la desolación de los días posteriores a la muerte de María Bárbara, a la que dejó feliz y rozagante al irse en un viaje con el príncipe y encontró ya enterrada a su regreso.
Al año de su viudez conoce a Ana Magdalena Wilckens, una cantante de una exquisita sensibilidad. Rápidamente nace el amor entre ambos y a fines de 1721 se casan. Tuvieron trece hijos, de los cuales dos, Johann Christoph Friedrich y Johann Cristian, se destacaron como músicos, y solo seis alcanzaron la edad adulta. Ana Magdalena, a pesar de estar abocada a la crianza de tan numerosa prole, tuvo tiempo para involucrarse con el trabajo de su marido, ayudándolo constantemente en la tarea de la escritura como en otros menesteres. La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach es un vibrante y enternecedor testimonio escrito por ella años después de la muerte de Johann Sebastian que vale la pena leer si se quiere hallar al hombre y sus vicisitudes detrás de la celebridad musical.
A los pocos días de la boda, se produce otra –la del príncipe Leopoldo con su prima, la princesa Frederica Henrietta– que iba a precipitar sobre la vida de Bach importantes consecuencias en la dirección que iba a tomar su producción musical. La princesa no tenía interés por la música, salvo por la de las marchas militares. Su marido se dejó llevar muy pronto por sus deseos y comenzó a desatender a la actividad musical de la corte. Bach también muy pronto avizoró que allí sobraba y esta vez el destino, y definitivo, fue Leipzig. Corría 1723. Allí fue nombrado director musical de la Escuela Santo Tomás, que dependía de la iglesia del mismo nombre, así como de las principales iglesias de la ciudad, San Nicolás y San Pablo.
Así es que, como consecuencia de un cambio de rumbo poco tiempo antes inesperado, se hallaba en un ambiente luterano que le fue propicio para retomar la senda de renovación de la música religiosa. De este período data la nueva etapa de su producción de cantatas. Debía estrenar una para cada domingo, y esto, en lugar de adocenarlo, aguzó al máximo su capacidad creativa. Inyectó a la música sacra con todo el bagaje que había adquirido de la mejor música profana, tanto de la francesa como de la italiana, otorgándole una sonoridad y un colorido sin precedentes.
También sus pasiones, obras cumbres del género sacro y de la historia de la música, fueron fecundadas durante esos años, así como otras obras corales de tremenda belleza como el Oratorio de Navidad y las misas. La energía que puso en esto no fue obstáculo para que fluyeran todavía obras instrumentales esenciales como la segunda parte del Clave bien temperado y las Variaciones Goldberg, y ya en los últimos años de su vida, con el tinte de un legado vanguardista, El arte de la fuga y la Ofrenda musical, quizá lo más intrincado y complejo de su producción. No se puede soslayar que su devoción por la música sacra no le impidió desplegar una veta humorística y mundana como lo evidencia una obra como la Cantata del Café.
Leipzig no fue el perfecto paraíso para Bach aunque él haya creado en esa ciudad ese paraíso para nuestros oídos. Ya las condiciones ordinarias que se le imponían eran duras. Como había ocurrido en su juventud en Arnstadt, se le exigía hacerse cargo de situaciones que excedían a la de un maestro de música. En el paquete venían la enseñanza del latín y el encarrilar a una turba de muchachos indisciplinados. Pero nada peor que esos burócratas de iglesia que cada tanto se le cruzaban para dificultarle aún más el camino con exigencias todavía más insólitas. Más de una vez reaccionó con furia pero nunca lo ganó el desaliento.
Sin percibirse asimismo como un genio, porque esa categoría no entraba en el horizonte de la Alemania de la época en el que el músico era solo un fiel servidor, Bach tuvo el don de mantener vivo, aun en la adversidad, ese precioso atributo de su naturaleza pródiga hasta el último segundo de su vida.
“No conozco música que evoque tanto el agua que fluye, siempre avanza, sin sobresaltos, serena. Creo que eso es lo que la hace tan relajante y tan profunda a la vez, tan potente también”, destaca Xhu Xiao Mei, pianista china y refinada intérprete de Bach. Y un romántico, Robert Schumann, nos advierte: “De nuevo comprendí que no acaba uno nunca con Bach, que cuanto más lo escuchamos tanto más profundo se vuelve”. Solo nos queda, entonces, invitarlos a escuchar esta música que fluye y se nos figura infinita y que siempre tendrá algo para decirnos.





