Con tendencia de futuro
- Por Haydée Breslav
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Se cumplen hoy cuarenta años de la muerte de Eduardo Rovira, bandoneonista y compositor que, según expresó Luis A. Sierra, “dotado de profundos conocimientos y de una sólida cultura musical, sintió y exteriorizó el tango a través de fórmulas totalmente revolucionarias”.
Los biógrafos, sorprendentemente coincidentes en su caso, dicen que había nacido en Lanús, provincia de Buenos Aires, el 30 de abril de 1925, que era muy chico cuando inició sus estudios musicales, que a los catorce años ingresó como bandoneonista en la orquesta de Florindo Sassone y que posteriormente pasó por las de Antonio Rodio, Orlando Goñi, Miguel Caló, Osmar Maderna y José Basso.
En 1949 armó una orquesta para acompañar a Alberto Castillo: grabaron doce piezas, en las que se escucha al cantor menos desbordado que de costumbre. Al año siguiente se incorporó a la formación que dirigía Roberto Caló, en 1952 integró la orquesta estable de radio Splendid y en 1956 pasó a la de Alfredo Gobbi.
Después de formar orquestas para acompañar a distintos cantores, constituyó en 1960 su Agrupación de Tango Moderno, un octeto que lo tenía como único bandoneón junto a Osvaldo Manzi en piano; Reynaldo Nichele, Ernesto Citón y Héctor Ojeda en violines, Mario Lalli en viola, Enrique Lannoó en violoncelo y Fernando Romano en contrabajo.
En opinión de Sierra, fue esta la más significativa de las combinaciones instrumentales experimentadas por Rovira, cuya “sensibilidad lo proyecta a manifestarse (…) con absoluta libertad de creación, enfocando desde su ángulo temperamental la liberación del tango de toda rigidez rítmica impuesta por las formas bailables que limitan sus posibilidades estéticas más ambiciosas”.
A su vez, Julio De Caro comentó entonces: “En la actualidad, propicia una tendencia muy personal dentro del tango. El tiempo y los hechos dirán si su inquietud artística tiene tendencia de futuro”.
Puede decirse que en los tangos de Rovira la forma y la instrumentación se desarrollan según un estilo que tiene por componentes la amplia variedad de timbres, las armonías contemporáneas de robustos acordes, el ritmo multiforme, la maestría contrapuntística. Y pese a su aparente intelectualismo y desapego de las tradiciones, la obra tiende a una síntesis expresiva que asimila lo que el músico considera la esencia del género, para plasmarla después en su propio y elaborado lenguaje.
De esa producción podemos mencionar, entre los más conocidos y representativos de las facetas de su talento compositivo, los tangos El engobbiao, dedicado a Alfredo Gobbi, quien lo grabó con su orquesta; A Evaristo Carriego, popularizado en la grabación de don Osvaldo Pugliese; Febril, Sónico, Bandomanía, Contrapunteando, Para piano y orquesta, Preludio de la guitarra abandonada, Tango para Ernesto, Sanateando y Que lo paren.
Por esos años Rovira conoció a Pedro Gaeta, el gran pintor, quien así lo recuerda: “A Eduardo lo conocí en una agrupación relacionada con el tango moderno denominada Círculo de Amigos del Buen Tango y él, [el poeta Luis] Luchi y yo fuimos conformando, muy naturalmente, una amistad muy sincera y sentida: hemos hecho honor al tango Tres amigos…”.
De esa amistad quedaron trazadas en el pentagrama las notas de dos tangos: A Luis Luchi y Policromía, dedicado a Pedro Gaeta, quien así continúa su relato: “Nos veíamos permanentemente, Luchi y yo solíamos ir a la casa de Eduardo, que en ese tiempo vivía en Lanús, y enfrente estaba la de Eduardo Romano, el contrabajista”.
Precisamente Romano, junto a Rodolfo Alchourrón en guitarra eléctrica, conformaron, con el bandoneón de Rovira, el trío con el que este expuso a partir de 1966 su propuesta instrumental, a la que Sierra calificó de “moderna y controversial”.
Prosigue Pedro: “Después, cuando ya conformamos el grupo Gente de Buenos Aires con Roberto Santoro, que se había incorporado, los cuatro desarrollamos actividades culturales de toda clase y en todas partes: charlas, exposiciones, recitales, presentaciones de libros en teatros independientes, galerías de arte, cooperativas, clubes de barrio…”.
Pedro destaca, por otra parte, la obra académica de Rovira. Es preciso señalar al respecto que, si bien no todos compartían los lineamientos estéticos del músico, nadie discutía su gran solvencia en el manejo de las técnicas compositivas, puesta de manifiesto en su producción, muy vasta (tiene más de ciento cincuenta títulos registrados a su nombre en SADAIC), que comprende, además de tangos y algunas piezas folclóricas, numerosas obras sinfónicas y de cámara, varias de las cuales obtuvieron importantes reconocimientos.
Así, en 1966, su Segunda sinfonía concertante obtuvo el Premio de Honor Bellas Artes y fue estrenada en el Teatro Colón bajo la dirección de Pedro Ignacio Calderón.
En 1969 recibió el Primer Premio en la categoría Música de Cámara, discernido por la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, por sus Veinte preludios intersemitonales para piano.
Ese mismo año obtuvo una Mención de Honor en el Concurso Internacional de Ginebra por su Música para ballet. Un día en la ciudad.
Al año siguiente, sus Veinte preludios para piano recibieron el Primer Premio de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires.
Acaso creyera que la división entre música popular y música culta no tiene sentido, y que la única diferencia válida es la que separa a la música buena de la mala. Lo cierto es que no dudó en fusionar tango y música clásica: Triálogo es, a nuestro juicio, uno de los ejemplos más logrados. Sin embargo, esas experiencias fueron severamente criticadas en su momento.
En 1973, durante la gobernación de Oscar Bidegain, Rovira fue designado director del Teatro Argentino de La Plata. “¡En qué te metiste!”, le dijeron los amigos. Dejó el cargo poco tiempo después.
Llegaron los tiempos malos, que en un temperamento sensitivo como el de Rovira hicieron especial mella. Empujados por la situación que se vivía en el país, los amigos empezaron a alejarse: “Luchi fue el primero que se exiló, después me fui yo y en el 77 se lo llevaron a Roberto; Eduardo, que se había ido a vivir a La Plata, se quedó solo y se deprimió mucho”, cuenta Pedro, quien agrega: “Sentía que su obra no había alcanzado el reconocimiento que merecía y, además, las cosas no le iban bien económicamente; nunca había sido un hombre rico, pero ahora todo contribuía a abrumarlo”.
No pudo morir en Buenos Aires. Un infarto lo tumbó en una calle de La Plata tres meses después de haber cumplido cincuenta y cinco años.





