Alfredo Zitarrosa: a la luz de su canción
- Por Tras Cartón
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Se cumplen hoy 90 años del nacimiento de Alfredo Zitarrosa, cantautor y poeta uruguayo y, sin duda, una de las figuras más destacadas de la música popular latinoamericana en el siglo XX. A propósito del aniversario, reproducimos el artículo publicado en la edición impresa de Tras Cartón de enero de 1999, en ocasión de conmemorarse el décimo aniversario de su fallecimiento. La autoría del trabajo corresponde a Arturo Bembé.
El 17 de enero de 1989 –hace justo una década-, una enfermedad amasada por la tristeza de un largo exilio termina con la vida del músico y cantautor uruguayo Alfredo Zitarrosa. Aquí, el homenaje de Tras Cartón, con una semblanza sobre su figura y un fragmento de un texto de su autoría.
Marcelo, un amigo tandilense, fue el culpable. No recuerdo ya por qué motivo, pero la cosa es que dejó en mis manos unos cuantos discos suyos y entre ellos se encontraban algunos de los editados por Alfredo Zitarrosa en su fecunda carrera artística. No puedo asegurar que aquél haya sido mi primer contacto con las canciones del uruguayo, pero seguramente fue el decisivo. Escuchar su voz cálida y grave y las cuerdas de las guitarras sobre las que la alzaba fue, desde entonces, una íntima manera de celebrar la vida.
La fascinación podía provocarla simplemente la belleza de su recia y, a la vez, dulce sonoridad. Pero sucedía también que esa voz decía cosas. Contaba historias y encarnaba a múltiples personajes y se despachaba, de tanto en tanto, con filosos anatemas que sacudían la conciencia. Era, además, descubrir la proyección de todo un género -la milonga- a través de alguien que había consagrado gran parte de su existencia a sacudirlo del letargo en el que se encontraba para impregnarlo de nuevas resonancias. Así, ubicándose en las antípodas de los cultores del folclore vacuo y pintoresquista, pudo escribir y cantar versos como los de su Milonga Madre: “Y por tus anchas caderas, milonga madre, / de andar campesino, / la yumba se abrió camino / y nació troyera en el milongón”.
Decía él de su obra: “Una canción mía no le enseña nada nuevo sobre la explotación a un trabajador, en la ciudad o en el campo. A lo sumo, puedo iluminar esa realidad... ayudar a explicar por qué suceden esas cosas... No le voy a enseñar a sufrir lo suyo...” (*). Y cito esta frase porque traza con precisión una línea dentro del canto popular: en una época en que muchos artistas ponían de manifiesto una tendencia a la consigna y a la grandilocuencia panfletaria, Zitarrosa, sin ser por eso en un ápice menos comprometido sino todo lo contrario, compuso canciones que son un vehículo auténtico de la voz de los oprimidos. Ellos mismos hablan en muchas de ellas. Y eso, en gran medida, puede ser atribuible a que, desde pequeño, el cantautor uruguayo convivió con el ambiente campesino de los peones rurales como con el de los parroquianos pobres de los boliches de pueblo.
Pero la riqueza de su universo poético lejos está de terminar en esto. No hay como escuchar la propia voz del creador para ingresar en su mundo y comprenderlo. Ahí están siempre esperando sus inmejorables versiones de El Violín de Becho, Sthefanie, Guitarrero viejo, Si te vas y tantos otros temas que ya conmovieron a más de una generación.
Acudiendo a sus propios versos, entonces, encontraremos la clave de toda su producción. En ellos, la reflexión reaparece constantemente. Así, en su bello tema La Canción quiere, declara: “Fruto maduro del árbol / del pueblo, / la canción mía/siempre porfía. / Puede morir, pero quiere/cantarle sólo a la vida/que no la olvida”. O la sentencia de sus Coplas del canto: “Que se tenga por cierto la copla dice / lo que en el canto abierto fija raíces / porque verso nacido en esa vertiente / vive con otros versos entre la gente. / Cuando el pueblo las canta recién empieza / la vida de las coplas y su certeza”.





