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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 19 de abril de  2026
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Un parque, dos desafíos

Un parque, dos desafíos

El reconocido especialista Eduardo Haene propone distintas ideas para la arborización del parque La Isla de La Paternal, que, según plantea, debe hacer frente a dos desafíos: ser un sitio donde reconstituir el bosque nativo típico de Buenos Aires e integrarse a un entorno de arboledas centenarias. Para fundamentar esta propuesta apela a sus vastos conocimientos de la flora y fauna de la ciudad y señala iniciativas dirigidas a la protección, conservación y recuperación de aquellas.

Egresado con la máxima calificación de la Facultad de Agronomía de la UBA, donde actualmente es docente de Ecoturismo, dicta asimismo clases en el posgrado de Paisaje Rural de la Facultad de Arquitectura y trabaja en la planificación educativa de varios parques nacionales. De su intensa y fecunda trayectoria sobresalen, entre otras actividades, su desempeño como director educativo de Aves Argentinas, la entidad referente en ornitología en nuestro país, y su labor como gerente operativo de la Reserva Ecológica Costanera Sur. Publicó los libros 100 árboles argentinos y 100 flores argentinas (el primero, en colaboración con Gustavo Aparicio) y más de cien artículos sobre tenas vinculados con la flora y fauna locales, sobre los que dictó cursos en el país y otros limítrofes, y pronunció más de ciento veinte charlas y conferencias. Recientemente, Eduardo Haene dio a conocer un notable trabajo sobre el parque La Isla de La Paternal, el gran espacio verde que se encuentra entre Warnes y las vías del ferrocarril Urquiza.

–Usted propone distintas ideas para la arborización del lugar, y comienza por plantear que debe hacer frente a dos desafíos: reconstituir el bosque nativo típico de Buenos Aires e integrarse a un entorno de arboledas centenarias. ¿Cuál es ese bosque nativo típico?

–Me refiero concretamente al bosque de tala. Es necesario recordar que el territorio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires estaba ocupado originalmente por tres ecorregiones: pampa, selva ribereña y talar. El pastizal pampeano se extendía en la mayor parte, y en una faja costera había o hay humedales y selvas de la ecorregión Delta e Islas del Paraná. Sobre barrancas vecinas al río o en lomadas interiores, había una tercera ecorregión: el bosque de tala. La confluencia de las tres ecorregiones constituye el principal factor de riqueza biológica de la ciudad, comparable a países de Europa. Así, la ciudad tiene unas cien especies de mariposas diurnas y trescientas de aves, números similares a países de regiones frías o templadas del Hemisferio Norte.

–En ese conjunto, ¿cuál es la importancia de la ecorregión del bosque de tala?

–El talar es una formación boscosa nativa, donde el tala es la especie dominante. Aporta una gran diversidad de flora y fauna a la región, no presente en las otras dos ecorregiones. Sin embargo, desde el comienzo de la colonización fue diezmado para usar la madera, tanto para la construcción como para destinarla a leña. En la ciudad solo quedaban cinco talas centenarios: tres, ubicados en terrenos públicos, fueron cortados –dos en la Facultad de Ciencias Veterinarias y uno en el Jardín Zoológico– y es así como actualmente quedan solo dos ejemplares centenarios, uno en el Club de Amigos, el más viejo de la ciudad, y otro en el jardín del edificio conocido como Palacio de los Patos, en Palermo.

–En su trabajo, usted menciona a un barrio cuyo nombre se debió precisamente a los talas…

–A principios del siglo XX había un barrio conocido como Villa Talar, delimitado aproximadamente por las avenidas San Martín, Francisco Beiró, Salvador María del Carril y de los Constituyentes, cuyos habitantes se autodenominaban talarenses. El nombre del barrio se debió, probablemente, a los grandes talas de la finca de la familia Altube, ubicada en la intersección de la avenida Nazca y la calle Gutenberg, que habrían sido restos de un talar histórico que asimismo dio nombre a una parada ferroviaria, hoy estación Francisco Beiró del ferrocarril ex Urquiza. Posteriormente, el territorio de este barrio fue repartido entre los de Agronomía y Villa Pueyrredón, pero aún persisten un club y un bar que ostentan el nombre de Talar Norte, y la famosa iglesia que la devoción popular considera puesta bajo la advocación de la Virgen Desatanudos se llama, en realidad, parroquia de San José del Talar.

–Como informamos oportunamente, usted fue uno de los asesores de los fundamentos del proyecto de ley, presentado por el diputado de la Ciudad Pablo Bergel y aprobado el año último, que declara al tala árbol emblemático de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y “establece la obligación de preservar los ejemplares existentes, la prioridad de plantar ejemplares en plazas, parques y áreas parquizadas públicas y la prohibición de podarlos o extraerlos”. ¿Qué se ha hecho al respecto en la zona?

–Es sumamente meritorio recordar que esta iniciativa fue impulsada por el naturalista Hugo Campos, vecino inquieto de Saavedra, y muestra cómo la ciudadanía tiene en gran medida la iniciativa de los temas ambientales. Se trata de una historia con final feliz que es importante tener presente ante la cantidad de gestiones bien fundamentadas que no pueden llegar a buen término: no hay que desanimarse sino seguir insistiendo. En cuanto a las acciones dirigidas a la puesta en valor de estas especies, puede mencionarse, entre otras, la señalización de los ejemplares ubicados en terrenos de la Facultad de Ciencias Veterinarias, y por otra parte profesores e integrantes del Club de Observadores de Aves Caburé planean el diseño de un bosque en ese lugar. Asimismo, organizaron un Taller de Restauración Ambiental, que se realizó los días 2 y 3 de este mes y que tuvo entre sus objetivos “enfocar especies nativas con potencial para técnicas de restauración” y “consensuar acciones sobre los espacios naturales y seminaturales del predio”. El de Veterinaria es otro ejemplo exitoso, donde atrás de logros conservacionistas concretos hay docentes convencidos, que han generado una gran influencia en la concientización ambiental de los alumnos durante treinta años, como es el caso de Juan Claver. El Club de Observadores de aves de allí nuclea un grupo de naturalistas capacitados y con “hambre” de avanzar en el estudio de las aves silvestres y su conservación integral en reservas naturales urbanas. Tomar contacto con ellos, ver lo que hacen y cómo lo hacen, saborear sus logros, reconforta el espíritu de cualquier ciudadano. Para mí, es ver en acción lo que hace tantos años venimos pregonando. Puede verse cómo la genial idea de Hugo Campos está generando una creciente y silenciosa oleada de iniciativas de diferente escala en favor de la biodiversidad porteña. Se empiezan así a respetar las talas existentes, planificar plantaciones de ejemplares aislados, pensar en la restauración/creación de otros. Lo que se está proyectando hoy empezará a ser visible a la brevedad.

–¿Y en el predio de la Facultad de Agronomía?

–Actualmente estamos presentando la idea de instalar un talar en homenaje a Lorenzo Parodi, uno de los máximos exponentes de los egresados y docentes de esa casa de altos estudios, y el principal estudioso de los talares bonaerenses. Por otra parte, para la carrera de Ciencias Ambientales, una de las diez que se dictan en la Facultad, la restauración podría ser una excelente oportunidad de práctica profesional. También se efectúa allí parte de la cursada de Paisajismo, que desempeñaría una importante función en el ensayo de un diseño ornamental y didáctico del talar. El potencial de ensayar y estudiar la instalación de un talar en Agronomía es enorme, y confiamos en que un talar en formación añadirá un atractivo al valioso patrimonio hoy disponible en el área; a su vez, la Tecnicatura de Turismo Rural tendrá en un recurso como este un interesante escenario donde hacer prácticas de diseño y realización de visitas guiadas; incluso pensamos que en poco tiempo este tipo de acciones podrían ofrecerse para el disfrute de la comunidad. Vale la pena recordar, además, el impacto positivo y creciente que está teniendo la feria orgánica mensual en Agronomía. Es de imaginar que iniciativas de educación ambiental realizadas por alumnos de turismo en el predio podrán despertar convocatorias de vecinos cercanos y, seguramente por contagio, del resto de la ciudad. Nos parece fabuloso que los alumnos tengan más prácticas y que a la vez, en el contexto de una universidad pública, puedan ofrecer servicios de calidad a la comunidad.

–Usted se refiere además a la importante relación del tala con las mariposas…

–Más de cinco especies de mariposas diurnas de la región se alimentan de esta planta, cuya escasez provoca la ausencia de estos insectos. Un ejemplo notorio es el zafiro del talar, de hermoso diseño tanto en el macho como en la hembra, cuyas crías solo comen hojas de tala. Aunque en escaso número, esta especie aún se encuentra en los predios de las facultades de Agronomía y de Ciencias Veterinarias; una mejor oferta de su planta nutricia podría incrementar su presencia. Otro caso es el de la mayor mariposa diurna de Buenos Aires, la bandera argentina, cuyos ejemplares adultos poseen alas de resplandeciente tonalidad celeste: la oruga de esta especie solo se alimenta localmente del coronillo, un árbol típico del talar bonaerense; también del ingá, especie de la selva ribereña. Las orugas de otras mariposas, como la Ochenta y la Bella, se alimentan también de hojas de tala y de otras pocas especies vegetales.

–¿Qué otras especies animales se ven afectadas por la ausencia de estos árboles?

–Hemos estudiado la fauna del talar y comprendimos que es el hábitat de especies generalistas de bosques y cierto número de otras que solo viven en la región dentro de talares. Sumar bosques de tala nos permitiría enriquecer la ciudad con ambos grupos. Las aves son indicadoras ambientales maravillosas para comprender estas relaciones. Entre las generalistas que se ven beneficiadas, podemos apuntar el piojito azulado, un hermoso pajarito de tonos celestes y azules, además de blanco y negro, que resulta una presencia habitual en bosques, en particular talares. Entre los componentes del talar, localmente se encuentran los cardenales copete rojo (liberados o escapados en la ciudad, que hoy los vemos en grandes parques), la reina mora grande, el pepitero de collar o pica–hueso, entre otros.

–¿Por qué apuesta al Parque Isla de La Paternal para la restauración del talar?

–Se trata del espacio verde a cargo del Gobierno de la Ciudad más próximo al Talar Norte, y cuenta con superficies aptas para sumar estas forestaciones: podría constituir el sitio ideal para la restauración del talar porteño, y donde las veinte especies arbóreas que lo componen pueden presentarse en módulos compactos tipo bosque, y sumar “isletas” de tres a cinco ejemplares tipo parque, y ejemplares aislados o sabana, tres opciones distintas para familiarizarse con estos árboles y disfrutar de ellos. El Gobierno de la Ciudad está proyectando un talar allí, y los vecinos podrán tener el rol clave de ayudar a mantenerlo, valorarlo e incluso enriquecer sumando luego otras especies vegetales menores.

–¿Y cuáles son las arboledas centenarias con que cuenta el entorno del Parque?

–En ese entorno existen valiosas forestaciones que datan de principios del siglo XX; considero que una intervención en el lugar contribuiría a su integración armoniosa. Son, a mi modesto entender, uno de los mayores motivos de orgullo que pueden tener los vecinos de Paternal y barrios linderos. Así, el predio de las facultades de Agronomía y de Ciencias Veterinarias, diseñado por Charles Thays como parte del Parque del Oeste y pensado como el equivalente zonal del Parque Tres de Febrero, es hoy uno de los sitios de mayor biodiversidad de la ciudad. En terrenos de Veterinaria sobreviven ejemplares notables de la flora nativa, como un curupí que es posiblemente el individuo más grande de la ciudad.

–¿Cuáles son las otras arboledas?

–La forestación centenaria del hospital Alvear contiene un elenco variado de árboles, muchos nativos como ceibos y tipas, estas últimas de enorme tamaño. Asimismo, frente al establecimiento, sobre la avenida Warnes, se encuentra una galería de plátanos, posiblemente plantados en la década del 20. Por su parte, el hospital Tornú cuenta también con valiosos ejemplares centenarios de la flora nativa, como por ejemplo de algarrobo del oeste argentino, incienso (el árbol mágico para los guaraníes por la diversidad de propiedades medicinales) y pino Paraná, considerado uno de los forestales más notables del país. Y en el Instituto Boado Garrigós se encuentran plantas incorporadas en las últimas décadas y parte de las forestaciones de 1925. Hoy apreciamos en plenitud lo diseñado y plantado por Thays, como ombúes, ceibos, palos borrachos y tipas, entre los integrantes de la flora argentina, y plátanos, eucaliptos, robles de varias especies, olivos y alcanfores, como parte de la flora del resto del mundo. Es un lugar maravilloso, donde debemos reconocer el mérito de las diferentes administraciones, en particular la gestión en los últimos años, que permitió conservar en buen estado un modelo del paisajismo de los tiempos de esplendor de la Argentina. Otros parques públicos diseñados por Thays no se han mantenido tan bien cuidados como el de Boado Garrigós, que es un lujo del barrio. Confiamos que en breve el Club de Observadores de Aves Caburé pueda organizar visitas allí, una manera armoniosa y respetuosa de conocer el sitio para los vecinos.

–¿Qué pasos se han dado para que estas ideas sean tenidas en cuenta por el gobierno local?

–El movimiento conservacionista en la Argentina tiene, como en otros sitios, tres grupos de actores: pensadores/inspiradores, líderes/gestores y hacedores. Lo que hoy estamos haciendo es lo que nos inspiró con sus textos Guillermo Enrique Hudson, lo que planteó Lucien Hauman en 1922, la prédica más amplia de Milan Dimitri, la mirada lúcida de Ricardo Barbetti, la pasión de Juan Carlos Chebez, la habilidad para concretar ideales conservacionistas de Tito Narosky. Debemos traducir y llevar esos conocimientos hacia toda la comunidad, donde están los gestores del mañana, y ver la manera de seducir a los adultos que toman las decisiones hoy. Esto es más difícil porque llegamos tarde. En verdad el momento clave es nuestra infancia, donde es fundamental que los vecinos de una gran ciudad como Buenos Aires tengan oportunidades para disfrutar y aprender de primera mano en un jardín hogareño, en una huerta escolar, en un paseo familiar por una reserva urbana. Por ello hoy la apuesta está en ampliar, formar e incentivar al tercer grupo: los hacedores. Cada uno puede aportar su arte e ingenio para hacer la diferencia, desde no desperdiciar la oportunidad de tener en su jardín plantas que alimenten picaflores y mariposas, pasando por ubicar árboles con frutos para las aves silvestres, hasta colaborar activamente en proyectos vecinales de restauración de la naturaleza local. Hoy la Isla de la Paternal y sus facultades vecinas son el escenario donde se está gestando un cambio que disfrutaremos durante varias generaciones. Vale la pena sumarse.

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