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 6 de junio de  2026
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El librero, el artista y los deshuesaderos

El librero, el artista y los deshuesaderos

La librería El Gaucho, ubicada en Boyacá 1538, que ya de por sí con sus largos pasillos y cuantiosas estanterías desbordantes de libros usados de la más diversa índole resulta cautivante, ahora cuenta con un atractivo más para el visitante que se aplique a levantar la vista: son las obras recientemente instaladas del joven artista Nicolás Sterbanoff. Con él y con Ricardo Báez “el Gaucho”, el dueño de casa, charlamos allí sobre la iniciativa una tarde de septiembre.

Como asiduos visitantes de la librería El Gaucho y conocedores de la afición por el arte de Ricardo Báez, su titular, a quien los que tenemos con él un trato frecuente llamamos “el Gaucho”, hace tiempo que estábamos enterados de su proyecto de instalación de tres grandes óleos sobre tela del joven artista Nicolás Sterbanoff en el segmento de cielo raso que se encuentra en la parte delantera del amplio y largo salón del local.

En resumidas cuentas, desde hace unos pocos meses, las obras, que constituyen una suerte de tríptico por su unidad temática, la cual remite a los deshuesaderos (depósitos de chatarra o cementerios de autos), ya lucen para que el público que así lo desee pueda contemplarlas donde el Gaucho lo había previsto.

Hay que decir que El Gaucho es una librería que, por sus características, más que librería constituye un auténtico museo del libro usado, donde uno puede pasearse horas viendo y descubriendo volúmenes de las más diversas materias, entre las cuales los tratados sobre arte ocupan un lugar destacado. Y fue precisamente esta cualidad, sumada a la afición del librero por la pintura –su madre fue artista plástica–, la que sembró la semilla del vínculo de este con Sterbanoff.

“Era profesor en un espacio de arte cercano a la librería. A veces llegaba temprano y, para hacer  tiempo, venía acá a comprar libros de arte; y un día estaba el Gaucho y nos ponemos a hablar, y le muestro por redes sociales mis pinturas”, nos cuenta el artista de veinticuatro años formado en el Rogelio Yrurtia y con una asombrosa carrera para su edad, que la grafican sus varias exposiciones en prestigiosos espacios culturales.

La charla sucede en el altillo del local con la participación del Gaucho, quien nos agasaja con una copa de vino. Sterbanoff relata que casi desde que comenzó su actividad artística le interesó la temática de personas en situación de calle, primero valiéndose de modelos maquillados con el objeto de que parezcan personas en situación de calle y, muy rápidamente, al percibir esa maniobra como artificiosa, retratando a quienes realmente lo eran: “Yo vivo en La Matanza y muchas personas eran vecinas mías”, señala. Y más adelante explica: “Ahí se me abrió una cuestión de por dónde quería construir un cuerpo de obra. Tenía que ver con subirles el volumen a algunos discursos que están por la calle dando vuelta y con visibilizar algunas cuestiones que perdidas en el paisaje de lo cotidiano se volvían invisibles”.

Como a veces ocurre con las adversidades, la aparición de un obstáculo propició el desarrollo de una nueva veta para Sterbanoff: “En la pandemia todo ese proceso de acercarme a las personas estaba frenado y había esa cosa de contacto con el otro que era vital para mis pinturas. Como eso no lo podía hacer, empecé a buscar otra forma de retratar esas injusticias económicas. Entonces empiezo a pintar paisajes del conurbano. Entre ellos, empecé a pintar específicamente unos típicos deshuesaderos que hay por lo menos en mi barrio y en otros tantos porque me pareció muy interesante como reflejo del contexto que habito histórico, cultural y social, y también como una forma de identidad propia de los espacios que son tan golpeados económicamente”.

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Ocurrió que, después de ese primer encuentro entre el Gaucho y Sterbanoff, el librero había quedado impresionado por uno de los trabajos que le mostró el joven artista, pero no había tomado el recaudo de pedirle un teléfono o siquiera anotar su nombre. Y pasó que Sterbanoff dejó de trabajar en ese taller vecino y dejó de frecuentar la librería. Fue una situación fortuita: una profesora de arte pasó por el local y le habló al Gaucho de Sterbanoff, lo que le permitió al librero atar cabos y reconocer en ese apellido al joven pintor que tanto deseaba contactar para el proyecto que tenía en mente.

“Yo quería pintar todo el techo, hacer como una especie de capilla sixtina”, confiesa el Gaucho. Y precisa: “El tamaño de la tela surge de esa idea ambiciosa mayor que era pintar en tela, porque la técnica del fresco –aplicar la pintura directamente al cielo raso– es infinanciable”. El librero trae a colación los trabajos de Raúl Soldi en la cúpula del teatro Colón durante la década del 60 del siglo pasado: “Armaron todo el tinglado, pero para pegarlo nada más, no para pintar ahí, entonces cuando lo llamé [a Sterbanoff] era para hacer en tela y luego pegarlo, pero era muy riesgoso el intentar despegar una vez que está pegado, no hay un removedor que lo humedecés y de a poco lo vas sacando. Así que de esa idea de máxima, que era hacer una sola tela que abarcara todo, quedó el de hacer tres telas grandes”.

Sterbanoff recuerda: “Fue todo un desafío la cuestión técnica. Tenía que empezar a considerar cómo el lienzo va a caer, cómo se va a espectar, porque no es lo mismo observar un cuadro en una pared con un montaje habitual que uno en el techo… Un montón de estrategias para que la gente que ingrese lo pudiese ver rápido”.

Pero más allá de estas apreciaciones técnicas, Sterbanoff destaca el gesto del Gaucho de darle vía libre para que el tema de las obras fuera el que constituía el centro de su inquietud artística y de sus investigaciones: “Fue uno de los primeros que me dijo ‘yo quiero pagar por tener una idea tuya’”.

Y el Gaucho apuntala: “Si vos querés algo de un artista y querés que se rompa el alma por hacerte lo mejor, tenés que darle entera libertad porque el arte es comunicación”. Pero no solo fue su valoración de la libertad del artista, sino también la empatía que le produjo la propuesta estética lo que lo decidió: “Lo interesante y lo que te va a durar en la contemplación de la belleza es justamente que no ayude el tema a que vos veas la belleza, sino que vos la tengas que encontrar en el lenguaje en que el pintor expresa su sensibilidad”.

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