El cuerpo de John Brown
- Por Haydée Breslav
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Se cumplen hoy 160 años de la ejecución en la horca del líder abolicionista norteamericano John Brown.
Había nacido el 9 de mayo de 1800 en Torrington, estado de Connecticut. Residió luego en los de Ohio, Pensilvania, Massachusetts y Nueva York; en todos ellos logró a duras penas mantener a su numerosa familia desempeñando distintas tareas rurales.
Acérrimo enemigo de la esclavitud, en 1847 conoció al líder abolicionista afronorteamericano y antiguo esclavo Frederick Douglass, quien dijo después que Brown, “aunque es un caballero blanco, se solidariza con el hombre negro y está profundamente interesado en nuestra causa, como si su propia alma estuviera marcada con el hierro de la esclavitud”.
Así, en 1849 Brown se estableció con su familia en una comunidad afronorteamericana en North Elba, Nueva York, y en 1855, respondiendo al llamado de cinco de sus hijos, se trasladó al territorio de Kansas para colaborar con las milicias antiesclavistas en el conflicto con los terratenientes que se conoció como Kansas Sangrante.
Tres años después convocó a un encuentro abolicionista en la ciudad de Chatham, Canadá, en el que anunció su propósito de construir un refugio para esclavos fugitivos en las montañas de Maryland y Virginia, y propuso además una constitución para los Estados Unidos que prohibía la esclavitud. Sus ideas contaron con el apoyo de varios destacados intelectuales.
Consideró entonces que era tiempo de pasar a la acción, y fue así como en la noche del 16 de octubre de 1859, al frente de un grupo armado de veintiún hombres, dieciséis blancos –entre los que estaban tres de sus hijos– y cinco negros, tomó el arsenal federal de Harpers Ferry, en el estado de Virginia Occidental, con el objeto de obtener armas, confiando en que los esclavos se sublevarían y se le unirían en un gran ejército de emancipación que desarrollaría una guerra de guerrillas en territorios del sur.
Esto no sucedió; la esclavitud provoca la sordera del alma, explicó Víctor Hugo. En cambio, Brown y sus hombres sufrieron el asedio de tropas locales, a las que resistieron durante un día y una noche; pero en la mañana que siguió debieron enfrentarse a una compañía de marines que les causó diez muertos, entre ellos dos hijos de Brown, quien a su vez fue uno de los varios heridos. Conducía a los marines el coronel Robert E. Lee, quien dos años después, ascendido a general, comandó el Ejército de los Estados Confederados que se opusieron a la abolición de la esclavitud, y cuyo nombre es exaltado hoy por los supremacistas blancos.
Brown fue hecho prisionero y sometido a juicio por el Estado de Virginia, que lo acusó de traición, homicidios múltiples e incitación a la rebelión. Así, nueve días después de la toma de Harpers Ferry, debió comparecer ante el tribunal de la ciudad de Charles Town. Sus heridas no habían cicatrizado, y se presentó tendido sobre un catre de campaña: había recibido un disparo en un brazo, otro en los riñones, dos en el pecho y otros dos en la cabeza.
El juicio fue arbitrario y tendencioso y estuvo lleno de irregularidades. Las sesiones se prolongaron por cinco días, al cabo de los cuales al jurado le bastaron cuarenta y cinco minutos para declarar la culpabilidad de Brown, a quien se le preguntó si quería decir algo antes de que se dictara sentencia.
Puesto y mantenido en pie con ayuda de tres guardias, pronunció entonces su célebre discurso, en uno de cuyos párrafos, anticipándose a la sentencia, esto manifestó: “Si se considera necesario que dé la vida por la causa de la justicia y mezcle mi sangre con la de mis hijos y la de los millones [de personas] cuyos derechos, en este país de esclavos, son violados por políticas malvadas, crueles e injustas, me someto. Que así sea”.
El 2 de noviembre, el juez Parker lo condenó a morir en la horca un mes después.
En esos treinta días, notables personalidades elevaron sus voces por la vida de John Brown; así lo hicieron, entre otros, los prestigiosísimos poetas y filósofos norteamericanos Ralph Waldo Emerson y Henry Thoreau. Desde Europa, por su parte, el gran Víctor Hugo dirigió una carta abierta “a los Estados Unidos de América” que, después de muchas y muy sabias y conmovedoras consideraciones, así concluía: “En cuanto a mí, que no soy más que un átomo pero, como todos los hombres, llevo en mí la conciencia de la humanidad, me arrodillo llorando ante la gran bandera estrellada del nuevo mundo y, con las manos unidas y un profundo y filial respeto, ruego a esta ilustre República Americana que piense en resguardar la ley moral universal, que salve a John Brown, que derribe el patíbulo que lo amenaza, que no permita América que ante su vista y, agrego tembloroso, casi por su culpa, el primer fratricidio sea superado. Sí, que América lo sepa y piense en ello, hay algo más aterrador que Caín matando a Abel, y es Washington matando a Espartaco”.
La carta está fechada el mismo día que John Brown murió en la horca. Entre los soldados que custodiaron la ejecución estaba John Wilkes Booth, quien cinco años y cuatro meses después pasaría a la historia como el fanático esclavista que asesinó al presidente Abraham Lincoln.
Enterraron a Brown en la granja familiar de Forth Elba. Y nació la canción.
Las primeras palabras eran crudas, brutales, pero ciertas: “El cuerpo de John Brown yace pudriéndose en la tumba” (John Brown's body lies a-moldering in the grave) y se repetían dos veces, siguiendo el modelo del góspel Say, brothers, will you meet us? con cuya música empezaron a cantarse.
Sin embargo, los sencillos versos que remataban la estrofa renovaban la esperanza y alentaban la persistencia en la lucha: “Pero su alma continúa marchando” (But his soul goes marching on) y se repetían en el estribillo: “Gloria, Gloria, Aleluya / Gloria, Gloria, Aleluya / Gloria, Gloria, Aleluya / Su alma continúa marchando” (Glory, Glory, Hallelujah / Glory, Glory, Hallelujah / Glory, Glory, Hallelujah / His soul goes marching on).
El pueblo le fue agregando estrofas, cada vez más fervorosas y desafiantes: “Capturó Harpers Ferry con diecinueve hombres de verdad, / asustó a la vieja Virginia hasta que tembló de pies a cabeza, / lo colgaron por traidor y los traidores eran ellos / pero su alma continúa marchando” (He captured Harpers Ferry with his nineteen men so true / he frightened old Virginia till she trembled through and through / they hung him for a traitor, they themselves the traitor crew / but his soul goes marching on).
En 1861, cuando estalló la guerra civil, la canción se había popularizado ampliamente; no resultó difícil adaptar la pegadiza melodía del góspel a un brioso ritmo de marcha, a cuyo compás avanzaron primero los soldados de Massachussetts y después todo el ejército de la Unión, que hizo de El cuerpo de John Brown su himno preferido.
Para la población afroamericana del sur, en tanto, fue un cántico de libertad que empezó por entonarse en las iglesias de las congregaciones negras como un salmo responsorial. Los historiadores Benjamin Soskis y John Stauffer cuentan que un viajero se sorprendió al encontrar en una plantación de Virginia que los esclavos la cantaban mientras trabajaban; le preguntó al capataz por qué lo permitía, y el hombre repuso que ya no podía impedirlo.
En 1865, la rendición del general Lee (el mismo que había aplastado a Brown y a sus hombres en Harpers Ferry) puso fin a la guerra y a la esclavitud. Se contaban más de 620.000 muertos.
“Yo, John Brown, estoy seguro ahora de que los crímenes de esta tierra culpable solo podrán expiarse con sangre”, había vaticinado el día de su ejecución.
En 1928, Stephen Vincent Benet publicó su poema de inspiración épica John Brown’s Body, del que transcribimos un fragmento (en la traducción de Agustí Bartra):
“Enterrad al Sur junto con este hombre / enterrad al Sur de antaño, / enterrad al trovador de boca de miel, / enterrad las virtudes bélicas del clan, / enterrad el orgullo del hacendado, / la cortesía y la amarga arrogancia, / los bravucones jinetes que montaban / como alegres centauros bajo las ardientes estrellas. / Enterrad el látigo, los hierros de marcar, // la barcaza con remeros esclavos / deslizándose por la sombra / con su dorado mascarón de proa, / grilletes para la tripulación / y especias para los señores, / la muerta pasión de antaño, / la pompa que nunca conocimos, / enterradlos también”.





