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TRAS CARTÓN   La Paternal, Villa Mitre y aledaños
 5 de octubre de  2026
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“Como escena era fantasmagórica”

“Como escena era fantasmagórica”

Un singular encuentro tuvo lugar en El Hueco, espacio cultural y de edición de libros ubicado en Maturín, entre Nicasio Oroño y Seguí. El pasado viernes estaba programada la visita de Amanda Toubes, investigadora, pedagoga y exeditora del Centro Editor de América Latina (CEAL), quien iba a compartir su testimonio como testigo de la quema de 24 toneladas de libros de ese sello editorial ocurrida en 1980 en la localidad de Sarandí, en la zona sur de la provincia de Buenos Aires, por orden de la dictadura cívico-militar que gobernaba el país en ese momento.

De un modo imprevisto, pero que terminó provocando un resultado eficaz y sorprendentemente acogedor, la charla tuvo que realizarse por vía telefónica debido a que la invitada, que cuenta con más de 90 años, poco antes de la cita avisó que no podría trasladarse por razones de salud. Su voz saliendo por unos grandes parlantes creó una atmosfera vintage muy envolvente.

La coordinación de la actividad, que contó con una apreciable concurrencia, estuvo a cargo de Germán Delgado, titular de la entidad anfitriona, y de Julia Zullo, doctora en Letras, investigadora y directora del Instituto de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Antes de efectuar la llamada telefónica, Zullo y Delgado se refirieron, entre otras cosas, a un proyecto editorial que compartieron con Toubes en el ámbito de la mencionada Facultad.

Establecida la comunicación, el surgimiento de Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA) y su protagonismo en la creación del CEAL tras la intervención de la primera con el Golpe de 1966, fueron los primeros tópicos sobre los que Toubes habló. “EUDEBA fue una creación exigida por la Federación Universitaria y los estudiantes de Filosofía y Letras y de algunos otros centros cuando tomamos la universidad y decidimos que teníamos que tener una editorial con el libro barato”, señaló, a la vez que subrayó que fue la “primera editorial en Argentina que usa los kioscos, en las plazas y en los barrios, para vender barato”, dando refugio a “un montón de gente que no podía estar en la Universidad porque estaba proscripta”.

Recordó luego Toubes que con la intervención militar en la Universidad a EUDEBA “la destrozaron” y que para ella el trabajo en el flamante CEAL, que se creó con aportes de estudiantes, graduados y profesores, implicó aprender el oficio de editora. “Nunca había hecho un libro”, admitió. Y agregó: “Yo era maestra y profesora. Nos enseñó la gente de EUDEBA a trabajar”.

 Seguidamente, Toubes dijo que “con los pocos mangos que había en el Centro, que cada vez estaba mucho más acogotado”, y bajo el agobio de la persecución policial no dejaron de hacer publicaciones semanales. Y explicó: “Las colecciones del Centro Editor se ponían en los kioscos semana a semana y no podías dejar de trabajar porque el kiosco dependía también de ese trabajo”.

Habló Toubes posteriormente de cómo se sumaron colaboradores en el exilio que enviaban trabajos “sin cobrar un mango” y caracterizó al CEAL como “un lugar de trabajo tremendamente abierto, tremendamente democrático y tremendamente afectuoso, porque ahí encontramos muchas veces la solidaridad y el amor que muchas veces en la calle era imposible”.

El núcleo del testimonio de Toubes revivió así la referida quema de Sarandí en 1980: “La dictadura, además de ser dictadura y ser genocida, también tenía intelectuales que les ayudaban para saber cómo joder”, expresó. Y explicó que estos aconsejaron “que la gente que hace los libros tiene que estar cuando los queman”, por lo que “la obligación era ir y fotografiar tu propia quema”. De este modo se convirtió en testigo de ese desolador episodio porque decidió acompañar al fotógrafo Ricardo Figueira, su compañero de trabajo, al que impusieron la cruel tarea. “Era la maldad, la maldad”, enfatizó.

Detalló Toubes que “se llevaron del depósito todo lo que pudieron” y que “era tan grande la cantidad de libros, tan montaña de libros” (1.500.000 es el número que se estima) que “como escena era fantasmagórica”.

Contó además que había compañeros del depósito que estaban presos y que entonces Figueira y ella fueron extorsionados condicionando la puesta en libertad de sus compañeros a su participación activa en la quema de los libros. Y como si eso fuera poco les exigieron poner el dinero para comprar el combustible necesario para producir el fuego. Casi como dato de color recordó también que tuvieron que ir a Sarandí por lo menos tres días consecutivos “porque los libros no se quemaban”.

Al finalizar, su voz dejó una lección ética invaluable al sostener que en tiempos en “que la muerte, la tortura y la desaparición de gente estaba al diario” la prioridad era la vida por sobre el papel. “Los libros se hacen y se reponen, la gente no”, repitió más de una vez. Su sentencia final resonó potente en El Hueco: “Es muy doloroso que los libros se quemen. Muchísimo más trágico es la gente quemada y muerta”.

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