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“Salí tras las palabras”

“Salí tras las palabras”

El 29 de septiembre último, el poeta Diego Holzer, vecino de Villa Crespo, se fue, como predijo, “cuidando el silencio, / cavando las raíces de la lluvia / donde / los veranos y el invierno / mudan su traje / en los lugares blancos del llanto”.

Había nacido el 14 de marzo de 1942 en Colonia Durán, provincia de Santa Fe, y si bien a los 28 años vino a Buenos Aires para quedarse, nunca dejó de soñar con su pueblo. “Teníamos una chacra y primero las inundaciones y después la sequía destruyeron todo; hubo que vender los pocos animales para pagar las cuentas del banco, e inclusive se quedó debiendo. Nos vinimos con mi hermano Piri y entramos a lavar platos, a trabajar de peones de albañil. Allá en el campo yo había hecho de todo, y como era jinete y domador de caballos me conecté inmediatamente con la gente de los centros tradicionalistas, como una manera de juntarme con algo, porque la ciudad me era totalmente inhóspita; pero no me cerraban del todo porque me sentía el peón de los tipos de plata, que eran los dueños de los caballos”, nos contó en una entrevista con este medio.
Al igual que Lubrano Zas y otros creadores, llegó a la escritura empujado por la soledad. “Me sentía muy solo, creo que no hablaba, y entonces empecé a escribir”, nos dijo. Y salió “tras las palabras / por el murmullo gastado / de tejer silencios”.
En 1987 publicó su primer libro, Hasta que el sueño se cumpla. Lo precedieron años de búsqueda y aprendizaje. “Uno dice que es autodidacta pero al final no es así porque todos esos libros de mi biblioteca contienen cientos y cientos de años de pensamiento y creación, y uno va tomando de todos, aunque no haya tenido un maestro específicamente. Los maestros te van ocurriendo en la vida; en realidad, cualquiera es un maestro”, expresó. Y citó a Galileo: “Nunca he encontrado un hombre tan ignorante como para que no pudiera aprender nada de él”.
Poco a poco, la noche porteña lo adoptó como a uno de los suyos, lo atrapó en su bohemia y le hizo lugar en las mesas de sus bares, que nunca preguntan; discreción que él sabía reconocer. “Me he sentado muchos años a la mesa de los poetas y los pensadores, personajes que admiré y después fueron mis amigos y mis maestros, aunque no creo que eso tenga tanto que ver porque, como decía al principio, el maestro de la vida es el hombre común”.
También fueron muchos los que aprendieron de él. Llegó a poseer un profundo conocimiento de los seres y de las cosas, proveniente de la solidaridad con los ciclos naturales y de la comprensión del corazón humano. Acaso por eso bebía, porque el conocimiento no trae paz ni felicidad, sino que provoca decepción y melancolía. “El vino, / potro rojo / donde Dios y el diablo / montan su alma”.
Su segundo libro, Donde comienza la palabra, es de 1998. Lo presentó Hamlet Lima Quintana, quien, ante una enorme concurrencia, desusada en este tipo de actos, dio una clase magistral de poesía.
Por esa época, y “casi por casualidad”, Diego Holzer se hizo autor de canciones; de entre ellas se destacan Colonia Durán, chamamé con música de Mateo Villalba; Pueblos de greda y Caballo de todos los vientos, estas dos últimas con música de Pablo Giuliani. “Un día seré canción / sin distancia, sin atajo, / semilla por donde el viento / vuelca sus manos sembrando”.
No dudaba en asumirse como poeta, pero se negaba a considerarse escritor, pues bien conocía la diferencia entre uno y otro. “Yo no soy escritor, soy poeta. El escritor puede hacer ficción en todos sus trabajos, pero el poeta debe comprometer a la vida en su poesía, que tiene que ser verdad absoluta”.
En consonancia con ese pensamiento, tenía de la poesía una concepción humanística y totalizadora. “La poesía es una herramienta con la que podemos hacer nuestra vida mejor, aunque nos quiten casi todo. Puede ser flor para enamorar, cuchillo para defender la casa, estandarte para las manifestaciones… puede ser todas las cosas, es la llave para que entres a vos mismo y abras las puertas que no sabés que tenés. Tiene que estar al servicio del ser humano, porque es una necesidad natural de este, y el que la siente tiene casi la obligación de desarrollarla”.
La poesía como modo de vida no fue en él una pose, sino una elección. “El poeta tiene que vivir siempre como poeta, porque si te vas de vacaciones por un rato, cuando volvés, tu casa de poeta se transformó. Entonces, su actitud en la vida tiene que ser absoluta. Yo no puedo, por ejemplo, ser poeta y prestamista –aunque tuviese plata–; no podría ser director de una fábrica y poeta. Nunca tuve ni patrón ni peón: yo soy mi patrón y mi peón. A veces tuve algún ayudante cuando el trabajo era grande, pero nunca un peón, y a los patrones les rajo, en cuanto aparecen, me voy”.
En aras de esa elección sacrificó comodidades y holgura. En una de las charlas que solíamos tener, nos contó que cierta vez se le había presentado la oportunidad de trabajar en publicidad, campo en el que su ingenio e imaginación resultaron muy bien remunerados; pero ese mundo falaz y superficial lo agobiaba, y un día lo abandonó para dedicarse, por su cuenta, a instalaciones y reparaciones domiciliarias.
Publicó su tercer y último libro, Dibujante de caminos, en 2010. “Ahora / mi oficio es dibujar caminos, / las herramientas están dormidas / y las manos / no atinan a despertarlas”.
En los últimos años, obtuvo algo del reconocimiento que merecía. Fue consagrado ciudadano ilustre de su pueblo natal, era convocado a integrar los jurados de concursos de poesía y de canciones y se le abrieron espacios en Radio Nacional Folklórica y en otras emisoras.
Ahora descansa en el cementerio de la Chacarita, cobijado en el seno de la tierra que tanto amó. “(…) y la tierra / será la que reciba el abrazo, / el aire / pasará llevándose los ojos, / la lluvia / dará con su campana / en algún lugar de la esperanza, / el mar / será tan antiguo como siempre, / alguien / inaugurará un nuevo canto / y no habré muerto”.

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