Siempre la misma Azucena
- Por Tras Cartón
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Hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de la gran cancionista porteña Azucena Maizani, “la máxima intérprete de nuestras queridas canciones”, como la calificó Carlos Gardel al escribirle desde Nueva York en 1935.
Su voz de soprano cuasioperística apareció con ímpetu en los albores de la era del tango canción y marcó el rumbo en el género de lo que iba a ser en adelante el modo femenino de interpretarlo. “Ella abrió una gran brecha entre el tango interpretado como tal y el que entonaban hasta su irrupción en los escenarios las actrices puestas a cancionistas”, escribieron Pablo y Carlos Taboada en un artículo para Todo es Historia.
Si bien a Maizani se la recuerda especialmente por sus cualidades vocales, también se destacó como actriz, compositora y coproductora teatral. Había nacido el 17 de noviembre de 1902.
De muy joven, dada la precaria situación económica de su familia, ingresó para trabajar como modista a una fábrica de camisas. Sin embargo, su natural talento para cantar y actuar y la pasión que en ello ponía pronto la llevaron a recorrer un camino rutilante en el que proliferaron presentaciones en teatros y emisoras radiales así como grabaciones en importantes compañías discográficas, viajes a Europa y a Estados Unidos y hasta una incursión en el cine mudo.
Además del referido reconocimiento que tuvo por parte del Zorzal Criollo, cuyo modo de cantar era a su vez para ella una fuente determinante de la que se nutría, Maizani cuenta con el merecido privilegio de haber quedado en la historia como una de las primeras difusoras e intérpretes de los tangos de Enrique Santos Discépolo: Esta noche me emborracho, Malevaje (con música de Juan De Dios Filiberto) y Soy un arlequín fueron estrenados por ella, y en el caso de los dos últimos títulos lo fueron por elección de los propios autores.
Entre sus composiciones, se destaca como una de las más emblemáticas el tango Pero yo sé. Escrito en segunda persona, el interlocutor es interpelado como un joven frívolo, adinerado y mujeriego que en su más profunda intimidad se encuentra agobiado por la angustia de un “recuerdo querido” y llora. Si bien grandes cantores han hecho la interpretación de esta pieza, la realizada por la autora no tiene parangón.
La estrella de la “ñata gaucha”, como se la empezó a llamar popularmente durante la década del 30, a partir de la del 40 comenzó a apagarse lentamente, sus presentaciones comenzaron a espaciarse, sus discos a escasear y se fue volviendo a sumergir en la pobreza de la que había emergido en virtud de su empeño y sus dones artísticos.
Haydée Breslav, en una nota realizada para este mismo medio en 2017, en ocasión de celebrarse el 115 aniversario del nacimiento de Maizani, habla de “un olvido que todavía persiste”. Y señala: “No solo no es posible encontrar sus discos, sino que ni siquiera los pasan los difusores supuestamente especializados; tampoco ha recibido el dudoso homenaje de la imitación, que sí han cosechado Mercedes Simone, Rosita Quiroga y Tita Merello. Extraño modo de admitir que Azucena Maizani es inimitable¨.
Damos fin a esta reseña con la transcripción de los versos con los que la cancionista solía presentarse en sus últimas presentaciones radiales: “Yo soy el tango, señores, / acunado en el suburbio, / al conjuro de sus turbios / gorjeos de ruiseñores... / Son sus compases mejores / lo que tienen mi alma llena./ Y si la luna serena / viste en plata a mi arrabal, / han de verme... siempre igual / ¡Siempre la misma Azucena...!”.